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La VERDAD sobre la Guerra Civil y la memoria histórica

No hay que politizar el pasado

Andrés Trapiello


Buenas tardes.

Ahora que el tema de la memoria histórica de la Guerra Civil ya no es de rabiosa actualidad, o sea, que ha pasado de moda para muchos, quiero recomendar con énfasis un libro a todos aquellos a los que les interese de verdad el asunto.

Se trata de Ayer no más, de Andrés Trapiello (Destino, 2012).


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Quiero aclarar en primer lugar que no es un libro de Historia, es una novela. Bueno, es una novela en apariencia. En realidad para mí es un ensayo de Trapiello sobre la Guerra Civil y sobre el circo mediático que se montó hace poco con el tema de la memoria histórica, la represión y el auto del juez Garzón al respecto.

Voy a poner una crítica del libro que parece muy acertada. Eso sí, la pongo mutilada para no destriparlo:

La necesidad de una tercera España


“Hablando de la Guerra Civil se cómo es la gente: el que es totalitario, insolidario, nihilista, generoso. Reconoces al que, en la guerra, te habría denunciado, al que te habría paseado, al que te ayudaría llegado el caso, al que se jugaría la vida por ti y al traidor”.

(Página 246)


(...)


José Pestaña es un historiador melancólico y desgraciado. Está ya en la edad de andar midiéndose el antígeno prostático cada seis meses y, la verdad, nada en la vida le ha salido bien, bien. Como historiador, ha escrito multitud de libros pero, para su desgracia, lo ha hecho sobre ese tema sobre el que han escrito muchos otros, tirios, troyanos, testigos, estudiosos, víctimas, verdugos (Trapiello, por cierto, nunca los llama así; los llama victimarios, en un ejercicio de milimétrica precisión léxica)… la guerra civil española y el franquismo. Ha escrito, pues, acerca de la guerra civil, uno de los dos temas sobre los que, en España, todo el mundo lo sabe todo; el otro es el fútbol.

Pestaña está divorciado; de su mujer, y de su familia. De su mujer, apenas sabemos por qué. De su familia, porque su padre es un facha. Un fascista confeso y orgulloso que representa todo lo que Pestaña, en sus libros, ha denunciado. Padre e hijo son cuerpos siderales tras un Big Bang llamado guerra civil y, como los planetas tras el estallido del universo, se alejan el uno del otro a movimiento uniformemente acelerado, al compás de cada página, de cada artículo, que escribe el hijo.

Por razones que no están del todo claras (probablemente, ni Pestaña las entiende), el hijo pide el traslado desde Canarias a León, su ciudad natal y la residencia de sus padres. Allí reinicia una relación epidérmica con su familia que, sin embargo, se complica para siempre una tarde que, habiendo coincidido con su padre en la calle casualmente, y mientras ambos se protegen de la lluvia, se les acerca un anciano que reconoce al padre de José. Aquel anciano, Graciano, le refiere a Germán, el padre de José Pestaña, por qué lo conoce: él era el niño de nueve años que iba con su padre cierto día, al inicio de la guerra, cuando ambos, tratando de pasar a Asturias, llegaron a un puesto de vigilancia falangista. Allí, alguien, uno de los miembros de la partida azul, encendida la sangre al comprobar que el hombre es hermano de un activista leonés de izquierdas al que se le imputan la muerte de unos guardias civiles, uno de ellos su hermano, simplemente levanta la pistola, y lo mata. Delante de su hijo. De un tiro a quemarropa descerraja a aquel hombre, totalmente inocente, y descerraja, de paso, la vida de Graciano, que será, por esa sola causa, y por las siguientes siete décadas, una puta mierda de vida presidida por la duda sobre dónde enterrarían aquellos cabrones a su padre.

La escena enquista aun más la relación de José con su padre, máxime cuando éste se encastilla en la afirmación de que no recuerda nada y que, por supuesto, es incapaz de decirle a aquel hombre dónde está enterrado el cadáver de su padre. Desesperado por entender, desesperado por convertir aquella tragedia en algo moralmente coherente, José Pestaña resuelve engañar a la anciana víctima y presentársele tan sólo con sus credenciales de historiador de la guerra civil y, digamos, persona presente en eso que podemos llamar “entramado memoria histórica”. Le oculta, por lo tanto, que ese hombre que ha reconocido, ese hombre que quiere localizar para poder preguntarle por la tumba de su padre, es su propio hacedor.

La trama, digamos, superficial (aunque de superficial no tiene nada), de la novela, se complicará cuando el Departamento de Historia de la Universidad de León, al que Pestaña pertenece, toma cartas en el asunto. Los hechos se sitúan, además, en los momentos en los que la denominada Causa General del juez Garzón está on the top of the hill; lo cual quiere decir que medios de comunicación y políticos darían lo que fuese por un caso así: un asesinato aleve, cruel, repugnante, del que cuando menos hay un responsable superviviente. Es sólo cuestión de tiempo que los profesores de la Universidad se enteren de la movida y comiencen a investigarla. Pestaña, por supuesto, calla; calla, incluso, frente a su sorprendente y sorprendida amante, una joven profesora del departamento. Pero el engranaje de la memoria histórica se mueve, lento pero seguro.

Así pues, la novela, en este plano, son dos cosas. La primera, y más importante, es el conflicto interior de José Pestaña. Novela a mil voces, está concebida como un continuo de breves monólogos interiores en los que los distintos personajes de la historia nos la van desplegando. Las dos voces principales son las del hijo y el padre; uno, atormentado por los hechos y su conflicto con los recuerdos de un padre en el fondo preocupado y con su punto de bondad. El otro, el padre, inasequible al desaliento, eternamente resentido por lo que considera la traición permanente de su hijo, inamovible en sus pensamientos y en su valoración de las cosas, pero íntimamente carcomido por la culpa de atrocidades, se nos apunta, tal vez cometidas de su propia mano.

La segunda cosa que ocurre en la novela es el circo. El circo académico, intelectual, mediático, casi policial, que crece y crece alrededor del padre muerto, delante de su hijo de nueve años, siete décadas atrás; y del verdugo falangista superviviente. Como en todas las novelas buenas, los personajes son símbolos, así pues cada uno de ellos lleva en la espalda una mochila conceptual y moral; los valores a los que representa. José Antonio, el jefe de departamento, es tratado por Pestaña/Trapiello con cierta conmiseración. Es uno más de los muchos intelectuales que alimenta el fuego de la memoria histórica entendida como saldo de cuentas de las víctimas con sus verdugos (razón por la cual, entre otras cosas, desprecia los artículos de Trapiello en El País), pero por lo menos, o eso es lo que creo que apunta Pestaña, tiene una dimensión moral. En cambio Mariví, también miembro del departamento, representa el flanco amoral de la memoria histórica. Por un lado, es la principal impulsora de que la historia de Graciano se publique, se conozca y se encause en la Audiencia Nacional; pero, por otro, no suele referirse al viejo por su nombre. Lo llama “el paisano”, gesto en el que el autor quiere quintaesenciar el hecho de que a Mariví, en el fondo, Graciano, su vida de mierda, su dolor, su sufrimiento, le importan una ídem. Ella no está en lo que está para traer paz a los sufrientes, sino para sustantivar una rendición de cuentas social, histórica, ideológica. Para ganar, doblada la esquina del siglo XXI, una guerra que se perdió cuando el siglo anterior aún era adolescente. Mariví orgasma por las esquinas cuando, encima, se entera que de aquella partida de la Fonfría, en aquel grupo de camisas azules que perpetraron o permitieron el asesinato del labriego inocente delante de su hijo, había un ex senador del Partido Popular que sigue vivo. Para qué quieres más, Colás. “Mariví”, sentencia Pestaña, “quiere el escándalo, quiere ganar la guerra con él [se refiere a Graciano], que perdió mucho más que una guerra, a su padre”. (Página 251). Mariví vive, se nos dice en la página 264, bajo la presión “de tener que ganar una guerra que no fue la suya, pero que cree haber perdido, para inventarse una victoria que no existió ni existirá”.

La dureza para con Mariví lo es, en realidad, para el conjunto de quienes pretenden patrimonializar el dolor de una guerra que no sólo no vivieron, sino que había terminado décadas antes de que nacieran. De Jessica, la nieta de Graciano, el niño-víctima que en el tiempo de la novela es un anciano a las puertas de la muerte, dice Trapiello (pág. 88): “Se ha tomado la tarea de encontrar la tumba de su bisabuelo casi de forma deportiva, como quien conquista un everest, pero su dolor apenas guarda relación con el de su abuelo, es un dolor referido”.

Como en las tragedias griegas y en la vida real, esta situación, ya de por sí muy comprometida, se irá pudriendo cada vez más. La historia del pobre Graciano, de su madre gagá, de todo su dolor, es una goma que agarran por sus dos extremos el padre de Pestaña y sus compañeros de universidad; en cada página del libro, ambas partes tiran con mayor fuerza hacia sí, haciendo crecer la tensión.

(...)

Ayer no más es un terreno recorrido por eso que los ingleses llaman undertow; un río subterráneo que fluye por debajo de la historia, de los hechos, de los diálogos y, como un Guadiana, eclosiona a ratos para dejarse ver. Ayer no más es, además de una novela, un ensayo conceptual; la exposición de motivos de un hombre cansado.

¿Cansado? Sí: Pestaña es un hombre cansado, lo cual quiere decir que, muy probablemente, Trapiello también lo sea. Cansado de investigar con constancia y, por qué no decirlo, ilusión, ese hecho histórico llamado guerra civil española. Cansado de explorarlo y recorrerlo hasta encontrar en el camino medias verdades a miles, mentiras interesadas, interpretaciones subvencionadas, ideología por todas partes, dos días, tres meses, cuatro años, veinte años, más de medio siglo después de los hechos; y de que siempre sea lo mismo.

De la guerra civil española se ha escrito más que de cualquier otra cosa en España. Lo cual, lejos de ser una virtud, es una condenación. Tantos libros, tantas referencias, tantas versiones, tienen como consecuencia que, hoy, cualquier persona que sepa leer y sacar fichas tiene material más que sobrado para escribir un libro demostrando lo que sea, anexado con una bibliografía con centenares de referencias. Demostrar que la guerra civil fue inevitable no le llevará a un adjunto de universidad más allá de media tarde; podrá, así, dedicar la otra media a demostrar que [no] lo fue, e irse a cenar con la satisfacción del deber doblemente cumplido. Mi amigo y cobloguero Tiburcio suele decir, con inevitable sorna, que quedan apenas un par de años, como mucho, para que se publique un libro de Historia militar que demuestre, fehacientemente, que la guerra la ganó la República. Cualquiera que desee alimentar la idea de que José Antonio Primo de Rivera era un humanista que no quería hacerle daño a nadie no tiene más que adoptar la cliovisión de los Círculos Doctrinales José Antonio, subrayar las líneas pares, y luego escribir un libro copiándolas. Y, con las mismas, cualquiera que quiera hacer lo mismo con la figura de Buenaventura Durruti va a encontrar metros de anaqueles de biblioteca donde satisfacer sus anarcopasiones.

[Ésta es la razón, por cierto, por la que yo no comparto la generosa comprensión que derrocha Trapiello con el personaje de José Antonio, el catedrático; yo, sinceramente, no veo demasiada diferencia entre el gesto de la historiografía franquista de comprar, acríticamente, la narrativa de la Causa General, Arrarás et alia; y el gesto de los catedráticos de hoy, que adquieren, con la misma ausencia de duda, la exuberante parcialidad de la moderna historiografía, tantas veces histrionografía. De una verdadera comunidad académica cabría esperar una rebelión constante contra las trampas, los atajos conceptuales, las mamandurrias subvencionadas, las hagiografías infumables, y los autorcetes mediáticos, que les pueblan.]

La trama de la novela es, en sí, expresión clara de cómo se ha convertido la guerra civil española en un campo de mentiras.

(...)

La guerra civil española corre peligro de enquistarse en el alma de los españoles, y cabe tener en cuenta que los quistes morales nos duran mucho. El anterior, generado por tres guerras civiles que en el fondo fueron una sola y varias a la vez, estuvo allí, duro, embalsando pus en su interior, emponzoñándonos, durante 150 años (eso admitiendo, claro, que ya sea un quiste seco y cauterizado; que es muchísimo decir). Esto es lo que hace tan importante este segundo plano de la novela, el que yo considero el plano “auténtico”, aquél en el que el autor busca, de verdad transmitir. Ese plano en el que el libro se convierte en un ensayo histórico, filosófico y moral. Un ensayo que conviene leer y repasar con atención.

Es dolorosa para los creyentes, para todo aquel que está a ambos lados de la zanja, la precisión de cirujano con la que Pestaña/Trapiello diagnostica los males de este nuevo tipo de prosélitos. Nos dice (pág. 45): “La Guerra Civil española es así la única de la Historia en la que habiendo muerto más de medio millón de personas nadie ha matado a nadie. Por no hablar de los trescientos mil que fusilaron o pasearon en las retaguardias o acabada la guerra. Nunca hasta hoy, y hasta donde yo sé, después de haber leído miles de páginas en libros, memorias, diarios, confesiones policiales, sumarios judiciales, nadie ha confesado algo tan sencillo como esto: “Yo maté”.

Esta afirmación del historiador Pestaña es, como digo, enormemente dolorosa. Porque deviene en el espectáculo que se lleva viviendo desde el último parte de guerra de Franco; un espectáculo en el que todos, primero los protagonistas, luego sus turiferarios o hagiógrafos, se afanan en buscar las culpas de lo ocurrido en las espaldas de otros. El periodista anarquista Jacinto Thoryo nos dice: si, en los campos de concentración franceses, alguien hubiese entrado y hubiese comenzado a preguntar quién tuvo la culpa de la guerra, pocos serían los que no contestasen: “los comunistas”. El anarquista le echa la culpa a los comunistas; los comunistas a los anarquistas y su jodida revolución permanente, las izquierdas burguesas hacen como que todo lo que pasó en del 31 al 33 y, sobre todo en el 36, no tuvo nada que ver con ellos; todos ellos ponen a Franco a parir, Franco les pone a parir a ellos, y de cuando en cuando caen unas cuantas hostias de y hacia Gil-Robles. Esto es, sucintamente, todo lo que hemos hecho en materia de juicio de la guerra civil hasta el tiempo presente. Y ello a pesar de que cronológicamente, ya llevamos tanto tiempo en democracia como el que duró la larga noche del franquismo.

“Pasada la guerra”, relata la novela (pág. 139), “todos han querido persuadirnos de que no pudieron hacer otra cosa, y cada cual cree que en su bando los crímenes se cometieron en abstracto, de una manera indiferenciada, en nombre de la República o de Falange, del Comunismo, de la Anarquía o de la Iglesia, con lo cual, unos y otros, aceptando en principio que todos pudieron ser culpables, acaban teniéndose por inocentes”.

Un elemento importante de esta narrativa moral, lógico en un autor que acostumbra a documentar con paciencia de escriba las cosas que relata, es la acumulación de anécdotas o historias reales en la novela. Este libro, no lo he dicho, me lo ha regalado un muy buen amigo de León, la provincia donde transcurre; y me ha dicho que Trapiello ha cambiado algunos nombres y otros no, sin que yo, que lo más cerca que he estado de allí es el viejo palacio de la Inquisición zamorana, pueda saber exactamente cuáles son unos y otros. Y me dice que, en cualquier caso, incluso las historias escamoteadas tras seudónimos son reconocibles para cualquiera que, en León, no se haya pasado la vida sin pisar el Barrio Húmedo. Esto convierte el libro en una especie de nómina urgente de las brutalidades de la zona. Pero, ésta es la sorpresa, por ambos lados.

La novela despliega, tras la primera formulación de la tristísima historia del padre asesinado delante de su hijo, y quizás cuando el lector memoriohistórico se está empalmando a base de pensar que le van a contar más del mismo jaez, anécdotas que, repentinamente, se refieren también al otro bando. Un viejo catedrático de Metafísica (¿será ésta una referencia a Besteiro?) relata durante una cena la masacre de su padre y de todos sus hermanos, derechistas, masacre refinada por dos razones: la primera porque, pidiendo el padre morir primero, sus matones hacen exactamente lo contrario, y le obligan a ver morir a sus hijos. Lo segundo, porque uno que resulta no haber muerto se allega a una finca familiar, gravemente herido, y mientras duerme es delatado por la criada, que se apresta a buscar a los de la partida para que se presenten allí para rematarlo.
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Comentarios

  • Uno (uno que no conozca a Trapiello, claro) cree encontrarse, al principio de la novela, con el relato de una barca inclinada y zozobrada por estribor; pero lo que se encuentra es la imagen de una barca que, torturada por los movimientos de sus pasajeros, se bambolea peligrosamente, a estribor, sí, pero también a babor, amenazando con zozobrar por cualquiera de los dos lados. Nadie dentro de la barca, y nadie es nadie, parece percatarse del peligro: el bueno del catedrático, único hijo superviviente de la matanza, remite, ya mayor, un escrito en el que realiza la citación de que los hombres de aquella partida, aquellos izquierdistas que luego fueron represaliados y enterrados en cualquier parte, no habían sido antes precisamente ángeles de la caridad, y la asociación para la Memoria Histórica lo rechaza. Porque la memoria histórica no acepta matices, no acepta siquiera insinuaciones de que alguno de los muertos de Franco quizá pudo merecer, si no la muerte, sí castigos de por vida. Ceguera ésta que otorga vitola de personajes dignos de homenajes, de adalides de la democracia, también a los hombres y mujeres que encerraron a seres humanos en las chekas, que los vieron morir entre alaridos mientras ellos, y ellas, se reían. Lo cual convierte a este lado de la zanja en un simple franquismo inverso.

    Otro elemento muy duro de leer para algunos, supongo, en este “ensayo subterráneo” que fluye por debajo de la novela en sí, es la meticulosidad con la que el autor se aplica a destruir algunos de los mitos de la memoria histórica.

    Por, ejemplo, la identificación del ideal republicano con la bandera tricolor: “Ni siquiera le mencioné algo que saben tan bien como yo, o deberían saber: que durante la guerra por cada bandera republicana había veinte de la Cnt, de la Fai, del Poum, del Pce, de la Ugt, de cualquier partido menos de la República; esto fue algo que les chocó incluso a los fascistas cuando tomaban una posición y se apoderaban de alguna: en el frente republicano no había banderas republicanas” (página 119).

    Por ejemplo, que la guerra sólo la quisieron quienes la provocaron con el golpe de Estado. Página 206: “Nos han contado que la guerra fue una fatalidad. Es la primera gran mentira que compartieron todos, los unos y los otros. Los que la deseaban estaban igual en ambos bandos, hasta el extremo que se diría que habría sido decepcionante para ellos que no hubiese estallado”.

    Por ejemplo, que la asimetría en el número de víctimas “lava” las culpas del bando republicano. Página 249: “¿El holocausto habría sido menos grave si hubieran matado a dos millones menos de judíos? (…) Hablemos de números: el de las víctimas del franquismo es cuatro veces superior, y cincuenta mil de los republicanos tampoco está mal. A medida que fue transcurriendo la guerra los franquistas tuvieron más y más territorio donde ejercer su represión. La República no dejó un solo momento de perder territorio y los sublevados de ganarlo. Si hubiese sido al revés, si hubiese sido la República la que hubiera conquistado territorio, quizá habría ocurrido lo mismo”.

    Por ejemplo, que la narrativa de la memoria histórica es el puro fruto de la lógica. Página 251: “Deciden lo que hay que recordar y lo que no, y cómo recordarlo, se atenga o no a los hechos, y cuándo”.

    Por ejemplo, que la asimetría en las reparaciones “lava”, de nuevo, toda culpa republicana. Un diálogo de la página 253, entre Raquel, la amante de Pestaña, y el profesor:

    “- Pero ya no podemos ser ecuánimes ni mucho menos equidistantes. Las víctimas del franquismo no han tenido jamás una reparación (…)

    - Conforme. A muchas se la debemos, a Graciano sin la menor duda. Pero otras víctimas no deberían tenerla tal y como ellos o sus parientes la querrían. Hemos dado por hecho que la derrota y sufrir el franquismo o el exilio fue suficiente pago de lo que hicieron durante la guerra o antes. En el bando franquista sucedió al revés: en este consideraron que el solo hecho de haber ganado la guerra les eximía de toda responsabilidad en el modo de ganarla, y a sus caídos se les honró sin que nadie se preguntase lo que habían hecho hasta ese momento, el señorito que mataba de hambre a sus aparceros, el cura que predicaba el odio y el desprecio desde el púlpito, la duquesa que vivía en la opulencia indiferente a la miseria de la gente… Los mataron, sí, pero en la lógica revolucionaria que existía, ya estaban muertos, ellos mismos habían firmado su sentencia de muerte. La lógica revolucionaria, ése es el problema. Y al revés, parecido.”

    Frente a este cúmulo de hechos y elaboración de interpretaciones interesadas, se alza, para el autor, la necesidad de superación moral conjunta (página 141): “El debate debe continuar sin que nadie se arrogue la propiedad del relato de la guerra. La tarea de hacer la historia de la Guerra Civil es, más que ninguna otra, común: la verdad la hacemos entre todos”.

    En esta frase, es mi opinión, se quintaesencia la novela de Andrés Trapiello.

    Manuel Azaña, en sus cuadernos de La Pobleta, en la entrada de 17 de junio de 1937, introduce la siguiente reflexión: “Se tejerá una historia oficial para los vencedores, y acaso una antihistoria, no menos oficial, para los proscritos”. La imaginación del fantasmal presidente de aquella República que, tal es mi personal opinión, en aquel verano ya había perdido la guerra, no pudo ser más certera. A cuarenta años de bandeo a estribor se han seguido otros cuarenta de bandeo a babor, pero cuando menos yo comparto la desesperanzada mirada de José Pestaña, el desánimo con el que comprueba lo muy probable que es que, a pesar de la igualdad de tiempos, aun no haya llegado el momento de esa verdad construida en común por cuyo clamor Trapiello, creo yo, ha escrito este libro. Aún no ha llegado el momento de aquietar el bamboleo de la barca, y ponernos a remar hacia alguna parte.

    “Resulta aun más difícil comprender la guerra de España cuando se echa mano de simplificaciones como aquellas a las cuales se han mostrado tan inclinados muchos de quienes escribieron sobre la plataforma de uno y otro bando”. Estas palabras fueron escritas en 1976, hace pues 36 años, por Luis Romero, en el prólogo de su libro El final de la guerra. Romero, casi un juglar de aquellos hechos, veía entonces, en una España donde aún humeaban los restos tibios del general Franco, el tema de la guerra civil como dos casas enfrentadas, cada una con un balcón, desde la cual las personas de una y otra plataforma, los hunos y los hotros como afiladamente los retrató Miguel de Unamuno, se intercambian improperios.

    Han pasado 36 años. Casi los mismos que habían pasado entre el día que Luis Romero escribió estas palabras y el final de la guerra. Y seguimos en las mismas. Exactamente en las mismas.

    Romero decía, en ese mismo prólogo: “la guerra, la Historia en general, circuló por unos cauces y resulta inútil pretender enmendarla a través de palabras”. Erró. Si algo han demostrado cuatro décadas de democracia es que no hay casi nada que un presupuesto público generosamente gastado no pueda moldear. Creímos acabada, con el último suspiro de Franco, la figura del intelectual orgánico. Pero él, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí. Y, creyendo llegado el momento de su victoria final, en algún momento tras doblar la esquina del siglo; creyendo sonada la hora en la que derrotaría a su parte contraria, ilusionado con el ejemplo alemán, donde no existe hoy una historiografía pronazi, apañó un asalto final que, sin embargo, se le torció. Para su más que probable sorpresa, el intento indisimulado de imponer un discurso único de la guerra civil alimentó a la bicha; alimentó los viejos esquemas de la historiografía franquista, las raídas interpretaciones ya olvidadas; abrió las puertas, de tiempo atrás herrumbosas y atascadas, de eso que un día se llamó el búnker.

    Los hombres que querían enterrar el franquismo bajo toneladas de desprecio no hicieron otra cosa que realizar la ceremonia de un aquelarre en el que el franquismo, redivivo, travestido, pero igual de radical, se levantó de la tumba y comenzó a correr, dando tumbos, como los zombies de las películas. Después de eso, ya sólo les quedó a ambos, practicantes cada uno a su manera de la memoria selectiva, subirse cada uno a su balcón, y comenzar a insultarse. Suelo decir, en persona y por vía electrónica, y así me va, que cuanto más porfía la memoria histórica, más se fortalece, más libros vende, más popular es, su contraversión profranquista.

    España necesita ser una tercera España. Una España que, como dice un personaje de la novela de Trapiello, le pague a los criminales del 36 con el olvido, y que rechace toda interpretación de los hechos ocurridos como una historia de buenos y malos, una fábula de orcos, señores oscuros, y elfos angélicos. Nadie es perfecto; y no sólo eso: es que la inmensa mayoría de los nombres y hombres de aquella guerra civil, sobre no ser perfectos, fueron intensa, vocacional, violenta y, las más de las veces, voluntariamente, imperfectos.

    El Via Crucis final de José Pestaña es un aviso serio sobre la deriva en la que estamos. Esta voluntad de enquistar nuestras diferencias y, en el fondo, disfrutar con el dolor que nos procure el absceso. En esto sí se parece la hora presente a las jornadas de la primavera del 36: un momento en el que son muchos más los que quieren el caos, el enfrentamiento, que los que quieren caminar por el carril de la razonabilidad.

    Trapiello ha echado, con esta novela, su cuarto a espadas. Yo, la verdad, no soy muy optimista; hace mucho tiempo que pienso que ésta es una partida que otros están jugando con cartas marcadas.


    http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2012/11/la-necesidad-de-una-tercera-espana.html

    Las negritas son mías.


    Voy a añadir algunas citas del libro de Trapiello que no tienen desperdicio:

    "El error en que hemos incurrido durante tantos años los historiadores a la hora de abordar la Guerra Civil ha sido, tal y como hemos repetido hasta la saciedad, el de interpretar los hechos a partir de la idea de dos bandos, buenos y malos, de dos posiciones, una progresista y otra reaccionaria. Sólo así se comprende que la conducta criminal de unos individuos se justificara o condenara, dependiendo del bando o de las ideas. Eso ha enrocado a muchos españoles, durante décadas, incluidos historiadores, en cada uno de los dos bandos, en el "tú más", más que en el "yo también" (p. 51).

    "A cualquiera que hubiera querido estar en el lado de las víctimas le habría bastado con haberse negado a estar en el lado de los victimarios de cualquiera de los dos bandos, por no hablar de aquellos que fueron a un tiempo víctimas y victimarios, cosa frecuente en una guerra civil, lo que nos llevaría a compadecerles como víctimas y a tener que exigirles responsabilidades como victimarios, y a no confundir la política con la Historia (p. 52).

    "No podemos recordar en plural, sino como individuos" (p. 88).

    "Se dirá que las víctimas de la República tuvieron ya su reparación durante el franquismo, pero no es esa la que reclaman, sino la del Estado y la de toda la sociedad, la de unos y otros, como deberían tener la del Estado y la de toda la sociedad las víctimas del franquismo, no sólo la de los partidos de izquierda. Una placa en las Cortes, como en el Parlmento alemán, con todos los diputados asesinados por unos y por otros. Esto tan sencillo despierta recelos y desconfianzas cada vez que se expone, y da lugar a inacabables porfías" (pp. 132-133).

    "Pero la Historia no se hace a golpe de leyes. Una cosa son las acciones de gobierno que tratan de cambiar la situación de hecho del momento, y con esto sí se puede hacer Historia, y otra muy diferente hacer leyes dirigidas a cambiar la imagen de hechos pasados. Porque en el caso de la guerra, tanto como la Memoria Histórica es la memoria particular de cada cual, y esa no la va a cambiar una ley. Todos los intentos de revisar la Historia desde el poder han fracasado; y, por cierto, es una tentación en la que con frecuencia suelen caer los sistemas totalitarios" (pp. 152-153).

    "Los españoles jugamos mucho a un juego siniestro: ¿Tú qué habrías hecho en la Guerra Civil?, nos preguntamos. Yo no sé lo que hubiese hecho en la guerra, porque no sé en qué zona me habría pillado, pero en cambio sí sé lo que habría tenido que hacer después, la hubiese ganado quien la hubiese ganado: subir al primer barco, si me dejaban" (p. 250).

    "Y apruebo que quieran una república. Yo también. Pero esa no hay que ganarla en las fosas, sino en las urnas" (p. 251).


    En la página 277 Trapiello escribe que "la verdad en una guerra en una guerra no existe" porque es imposible contar todos los crímenes que se cometen en ella. Quizá sea así, pero yo nunca había leído nada tan justo y verdadero sobre la Guerra Civil Española hasta este libro.

    Ah, y Trapiello no es imparcial. Es de izquierdas. Y se le nota. Lo que ocurre es que además es honesto  :)


    Por favor, los que estéis de verdad interesados en el tema leed este libro.


    Saludos.
  • Supongo que conoces "Las armas y las letras". Es un gran libro, sobre como actuaron "los intelectuales", escritores principalmente, en la guerra.
  • "Tarrou&quot escribió :
    Supongo que conoces "Las armas y las letras". Es un gran libro, sobre como actuaron "los intelectuales", escritores principalmente, en la guerra.

    Sip  :)
  • La justa memoria

    “No hay que politizar el pasado”, afirma Andrés Trapiello, que publica 'Ayer no más', una novela sobre el agitado recuerdo de la Guerra Civil


    Javier Rodríguez Marcos 6 OCT 2012 - 00:00 CET


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    Andrés Trapiello, junto a su mesa de trabajo antes de la entrevista. / Foto: Bernardo Pérez


    Treinta y cinco años pueden ser media vida. Por eso, cuando alguien dice que llevaba 35 años queriendo escribir el libro que acaba de publicar seguro que habla en serio. Es el caso de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953). Autor de siete novelas (entre ellas el Premio Nadal de 2003: Los amigos del crimen perfecto), otros tantos libros de poemas (incluido Acaso una verdad, Premio de la Crítica una década antes), media docena larga de ensayos, otra media de recopilaciones de artículos y 10.000 páginas de diario (repartidas en 17 volúmenes), Trapiello afirma que llevaba 35 años queriendo escribir una novela sobre la Guerra Civil. Y puede que esa novela sea Ayer no más (Destino). Puede porque él mismo no sabe si esa era la novela que tenía en la cabeza —“nunca lo es del todo”— y porque no es solo una novela sobre la Guerra Civil. Lo es sobre la memoria de esa guerra, pero también sobre la relación entre padres e hijos. Padres vivos y padres muertos. Víctimas y verdugos.

    Ayer no más transcurre en la actualidad, pero el detonante de la acción hay que buscarlo en el día de 1936 en que un niño contempla el asesinato de su padre a manos de un grupo de falangistas. Setenta años después, el niño es un anciano que reconoce por la calle a un miembro de aquel grupo, más anciano aún. Como testigo fortuito, José Pestaña, hijo del viejo falangista e historiador de oficio. Si cada uno de sus libros —en las antípodas ideológicas de su progenitor— ha sido una puñalada para su familia, su obsesión por lo ocurrido en la calle es una traición cruda. Sin buscarlo, Pestaña se convierte en sospechoso para todos: para su padre es un rojo ingrato que busca saldar cuentas; para sus compañeros de universidad, alguien cuya defensa de la verdad y sus esquinas solo buscan proteger a su padre.

    Dentro de una narración construida como un coro de voces —“el protagonista no quiere decir la última palabra”, aclara Trapiello—, en las páginas de Ayer no más aparecen las fosas de la guerra y la polémica en torno a la ley de la memoria histórica. En una pirueta cervantina, el propio Trapiello aparece en el libro criticado por una historiadora alérgica a los matices: “No he leído Las armas y las letras”, se enorgullece, “pero tampoco pienso: dicen que es el libro de un pedante, sin una sola nota al pie y a vueltas con la ‘tercera España”.

    Las armas y las letras es ya un clásico —sin notas— sobre el papel de los escritores entre 1936 y 1939. Publicado en 1994, se reeditó ampliado hace dos años. “La guerra me interesó desde pequeño”, cuenta Trapiello. “En mi casa se hablaba constantemente de ella aunque, por supuesto, se decía que no se hablaba. No había cosa que no remitiera a aquellos años. Mi padre, que fue falangista, se quitó la camisa azul en cuanto acabó la guerra. Hizo la batalla del Ebro, la de Teruel, estuvo en frentes peliagudos… Con 19 años vio morir a la mayoría de sus amigos. Cuando vas creciendo te das cuenta de que no te lo han contado todo, que se reservan cosas, que se contradicen en otras…”.

    PREGUNTA. Después de investigar el asesinato del que fue testigo su padre, su protagonista renuncia a escribir un libro de historia y termina escribiendo una novela. ¿Renuncia a la verdad?

    RESPUESTA. No, pero hay cosas que solo se pueden contar en una novela. La historia, que se ocupa de hechos generales, es un relato incompleto que nunca abarca la totalidad del pasado. No admite la subjetividad. La novela es, por el contrario, el reino de las subjetividades. Se ocupa de experiencias particulares y de conflictos morales. Por otro lado, en la historia, como en la vida, nada tiene sentido, las cosas suceden unas detrás de otras, incongruentes, pero en la novela cada cosa sucede como consecuencia de la anterior, lo cual produce un efecto balsámico. Por eso nos gustan las novelas. Pestaña, por sus implicaciones personales, sabe como historiador que no podría hacer historia con esos sucesos y elige para contarlos una novela. Con la ficción persigue únicamente comprender y comprenderse.

    P. Hay un fragmento de su novela que resume muchos de sus dilemas. Se lo leo: “Una paz duradera es imposible sin el olvido. Nuestra tarea es luchar contra la impunidad sin alentar el agravio y el resentimiento, sabiendo que unas veces es preferible la paz a la verdad y otras, la justicia a la paz”. ¿Cómo saber cuándo es preferible recordar para hacer justicia y cuándo olvidar para restablecer la paz?

    R. No tengo respuesta para eso. No hay leyes que regulen eso, forma parte del pacto entre individuos. Vivir es incertidumbre y equilibrios inestables, y en cada momento va viéndose. Los demócratas de 1975 decidieron no hablar de las fosas y seguramente gracias a su silencio pudimos hacerlo en 2004. El tiempo juega también un papel importante, tiene un poder curativo. Se dice en la novela, a propósito de los resentimientos, que la memoria hay que cultivarla, pero que el olvido crece solo. Si somos judíos, podemos vivir en Tesalónica con la llave de nuestra casa de Toledo cinco siglos después de la expulsión, si conservarla es un gesto de lealtad con nuestros antepasados; ahora, si es fuente de resentimiento y amargura, sería mejor tirarla a un pozo. Nietzsche decía que es posible vivir casi sin recuerdos, pero no vivir sin olvidar; un exceso de historia daña la vida.

    P. ¿Cómo se hace una ley con esa tensión entre memoria, olvido, paz y justicia? Uno de sus personajes dice que no se puede recordar en plural.

    R. Los pueblos no recuerdan, recuerdan los individuos. En plural recuerdan los nacionalistas, que están agraviados en masa por recuerdos que creen recordar en masa. Cuanto más negro ven el futuro más recurren al pasado. Es curioso que el mismo día en que Artur Mas hablaba de autodeterminación en Barcelona, Rajoy hablara de Gibraltar en la ONU.

    P. El debate sobre la memoria histórica recorre su novela. ¿No le gusta la ley?


    R. El pasado no hay ni que poetizarlo ni que politizarlo. La ley era muy necesaria. Cuando hace 10 o 15 años se empezaron a formar las primeras agrupaciones de memoria histórica me llamaron para que me sumara. Todavía debo de figurar en alguna. Mi opinión es que no debe quedar ni un solo muerto en las cunetas. Pero debemos ser cautos. No tenemos por qué creer lo primero que nos cuentan. Mucha gente quiere recordar hasta un punto, pero no ir más atrás. La gente, por razones humanísimas, a menudo ha tenido no solo que olvidar, sino también que mentir.

    P. ¿Se han justificado los crímenes dependiendo de las ideas del criminal?

    R. No pocos de los que fueron víctimas en algún momento fueron victimarios. Tomemos el caso de aquel que durante la guerra estuvo en tribunales populares o paseando gente. Se va al exilio y cuando vuelve lo hace al lado de otros que también se marcharon, pero fueron personas decentes. No podemos tributar a los dos el mismo reconocimiento. Eso hace compleja la Guerra Civil.

    P. ¿Y el argumento de que las víctimas del bando vencedor ya tuvieron su Causa General?

    R. Es incompleto e inexacto. No siempre fue así. Hay cientos de casos. Sin ir más lejos, un muchacho de 20 años al que sacan de su casa en Madrid, lo matan, nadie sabe aún dónde está el cadáver, no ha habido duelo y nadie ha pagado por ese crimen. Fue el tío de mi mujer. ¿Le podemos decir a esa familia que se ha hecho justicia con la víctima solo por levantar el Valle de los Caídos? La Causa General se instruyó de manera atropellada y poco fiable. Me gustaría que los historiadores de izquierdas estudiaran la Causa General, que ha sido pasto de los de derechas. Lo que necesitamos es que todos estudien a todos, y todos honren la memoria de los inocentes, y todos reprueben a los criminales de ambos bandos con parecida determinación. Es obvio que hay más saña con los vencidos que con los vencedores, pero el camino del agravio lleva a todo el mundo al mismo sitio: a ninguna parte.

    P. ¿Cómo escribir la Historia entonces?

    R. Partiendo de un relato de mínimos que nos agrupe a todos.

    P. ¿Qué mínimos?

    R. Yo propondría tres. Uno: que el levantamiento del 18 de julio lo fue contra un Gobierno legalmente constituido. Es decir, fue un golpe de Estado. Esto que parece tan sencillo, el PP no quiere votarlo en el Parlamento, no quiere votar la condena de ese golpe. Dos: que los principios de la Ilustración estaban representados en la República y que el golpe de Franco lo es contra la Ilustración. Lo que complica la cosa es que quienes tenían que defender esos principios desde la República en muchos casos no solo no lo hicieron sino que a veces los combatieron —y no pienso solo en Paracuellos o en las checas, pienso en las matanzas de troskistas, etcétera—. Más complicado aún: en el lado de los sublevados, en el que teóricamente todos tenían que haber sido reaccionarios furibundos, había liberales e ilustrados. Eso también hace compleja la guerra.

    P. ¿Y el tercer mínimo?

    R. Que si a los españoles se les hubiera dado a elegir bando pocos habrían elegido el que le tocó sino otro: lo que hemos dado en llamar una tercera España, en la que había gente de izquierdas y de derechas. Ser ecuánime no es ser equidistante porque los dos bandos no eran iguales, pero hay que ser ecuánime juzgando a los dos. Hoy todo el mundo reivindica a Chaves Nogales y a Clara Campoamor, pero hemos tardado 70 años en recuperarlos.

    P. ¿Por qué?

    R. Porque las dos Españas estaban empeñadas en que esa posibilidad no se conociera. Durante la guerra se podían decir otras cosas y hubo quien las dijo. Por eso los orillaron. El tiempo ha ido en contra de los totalitarismos, pero hace 70 años era un timbre de gloria inmolarse al totalitarismo. En Valencia, Azaña le dijo a Sánchez Albornoz que si ganaban la guerra sería de milagro, y que en ese caso los republicanos como él tendrían que marcharse en el primer barco. Y añadió: “Si-nos-dejan”.

    P. El protagonista de su novela militó en el PCE, como usted…

    R. Yo peor. Yo en el PCE(i). El paréntesis era importante: marxista-leninista, estalinista y pensamiento maotsetung. Lo mejor de cada casa. La posición moral del escritor no es denunciar que le han engañado, sino reconocer que él también ha estado mintiendo, aunque haya sido involuntariamente. Es mentira que todos los antifranquistas lucharan por la democracia. Nosotros luchábamos por la dictadura del proletariado. Yo intenté saldar esas cuentas lo más honestamente que pude en la novela El buque fantasma, que tuvo, y no quiero ser presuntuoso, las peores críticas de la historia.

    Andrés Trapiello dice que es difícil que vuelva a escribir sobre la Guerra Civil después de Ayer no más, un libro sobre cuya recepción tiene todas las dudas pese a que es, dice, una novela “conciliadora”. El reconocimiento que ha ido acumulando en estas dos décadas Las armas y las letras parece, no obstante, un buen augurio. Lejos quedan los tiempos en que publicar los poemas de Rafael Sánchez Mazas —protagonista 20 años después de Soldados de Salamina, el libro de Javier Cercas— significaba ser sospechoso. Trapiello lo hizo en 1981 en la editorial Trieste y todavía recuerda “con espanto” el trato recibido: “Trataron de ponernos en la diana como una editorial fascista, y eso que acabábamos de publicar a don Alberto Jiménez Fraud, a Giner de los Ríos, a María Zambrano… Nos devolvían los libros de todos. Seguramente no habían leído a Sánchez Mazas, pero tampoco a Jiménez Fraud. En España, cuando la gente no podía discutirte una idea te llamaba fascista. Y era un estigma, se te cerraban las puertas. Me irritaba porque me consideraba de izquierdas, y un votante socialista (de esto último me estoy quitando). Aquello era muy malintencionado. Tuvimos que hacerlo todo a pelo. El ambiente no ayudaba nada y tocaba ir por libre”. Treinta años hace. Ayer no más. También.


    EL PAÍS
  • No tengo respuesta para eso. No hay leyes que regulen eso, forma parte del pacto entre individuos.

    Naietta.gif
  • Oiga, que es una entrevista, no una tesis doctoral  :chis:
  • Mejor me lo pintas. Si de manera tan natural como un yogur suelta perlas así más lo amo.  :D

    Na, en serio que el tío se viste por los pies y sin necesidad de ser o parecer "equidistante" tiene toda la pinta de ser muy mesurado. Que ya es raro en españoles que estudien historia, como raro es también leer cosas de la guerra civil libres o ligeritas de prejuicios.

    Khayman le da la bienvenida al payo y es muy probable que se termine comprando la novela.
  • Consigue también el que ha recomendado Tarrou: "Las armas y las letras"  :)

    La novela esta desde luego es brutal. No ya porque la trama enganche, que también, sino por la colección de verdades incontestables sobre la Guerra Civil que contiene.

    Arriba hay muchas destacadas (y aún me he dejado alguna sin citar), y de todas ellas voy a quedarme con dos:


    No podemos recordar en plural, sino como individuos.

    Brutal, ya digo. Puede haber una conciencia colectiva, pero no una memoria colectiva. Esto es aplicable en el tema de la Guerra Civil pero también a los nacionalismos (como apunta Trapiello en la entrevista), tan dados a utilizar una supuesta historia nacional plagada de supuestos agravios en su beneficio.


    La Guerra Civil española es así la única de la Historia en la que habiendo muerto más de medio millón de personas nadie ha matado a nadie. Por no hablar de los trescientos mil que fusilaron o pasearon en las retaguardias o acabada la guerra. Nunca hasta hoy, y hasta donde yo sé, después de haber leído miles de páginas en libros, memorias, diarios, confesiones policiales, sumarios judiciales, nadie ha confesado algo tan sencillo como esto: “Yo maté”.

    Esto es una verdad como una catedral de grande. Dejando aparte la errata (no fueron 300.000, sino 200.000 los muertos en retaguardia más los de la posguerra, aunque es un detalle poco importante), mira que habré visto y leído testimonios de gente que admite haber matado a otras personas en guerras... salvo en la Guerra Civil Española. Trato de recordar y ahora mismo no me viene nadie a la cabeza que haya admitido haberse cargado a una sola persona de los cientos de miles que murieron aquí en aquellos años. Por eso la aparentemente absurda obstinación de Carrillo en negar que tuviera la menor relación con la matanza de Paracuellos no tiene nada de extraño, al revés: hace lo mismo que todos los demás, en ambos bandos, lo que ocurre es que a él se le ha señalado desde que fue secretario general del PCE.
  • Mejor novela 2012: ‘Ayer no más’, de Andrés Trapiello

    No es una obra contra la memoria histórica sino contra la beatería interesada de la memoria histórica.


    EL PAÍS

    :)
  • Una maravilla :)
  • Me alegro de que te haya gustado  :happy:
  • Del blog de historias de España:

    Manuel Azaña, en sus cuadernos de La Pobleta, en la entrada de 17 de junio de 1937, introduce la siguiente reflexión: “Se tejerá una historia oficial para los vencedores, y acaso una antihistoria, no menos oficial, para los proscritos”. La imaginación del fantasmal presidente de aquella República que, tal es mi personal opinión, en aquel verano ya había perdido la guerra, no pudo ser más certera. A cuarenta años de bandeo a estribor se han seguido otros cuarenta de bandeo a babor, pero cuando menos yo comparto la desesperanzada mirada de José Pestaña, el desánimo con el que comprueba lo muy probable que es que, a pesar de la igualdad de tiempos, aun no haya llegado el momento de esa verdad construida en común por cuyo clamor Trapiello, creo yo, ha escrito este libro. Aún no ha llegado el momento de aquietar el bamboleo de la barca, y ponernos a remar hacia alguna parte.

    Esto es jodidísimo, y muy cierto...
  • "Nuberu&quot escribió :
    Me queda claro el mensaje: en la guerra civil no hubo buenos ni malos, si la contienda militar se hubiera desarrollado de forma opuesta, el otro bando hubiera cometido las mismas atrocidades, si cometió menos fue por tener menos territorio donde asesinar, las ideas defendidas por ambos contendientes son equiparables, y además el alzamiento nacional disgusto o gustó por igual a su propio bando que al contrario porque en ambos se deseaba la guerra.

    Son conclusiones a las que ya han llegado otros autores con anterioridad, como Cesar Vidal, Pío Moa et al.

    Hombre, que digo yo que podrías probar a leerte el libro antes de escribir tamañas bobadas.
  • Pues nada, sigue siendo el mismo sectario cerril de siempre, ya que te hace tanta gracia.

    Mejor no te leas el libro, que no ibas a entender nada.
  • ¿De verdad te has leído el hilo? ¿O más bien has leído y entendido lo que te ha dado la gana?
    "Nuberu&quot escribió :
    Me queda claro el mensaje: en la guerra civil no hubo buenos ni malos,

    Citas literales del libro:

    "El error en que hemos incurrido durante tantos años los historiadores a la hora de abordar la Guerra Civil ha sido, tal y como hemos repetido hasta la saciedad, el de interpretar los hechos a partir de la idea de dos bandos, buenos y malos, de dos posiciones, una progresista y otra reaccionaria. Sólo así se comprende que la conducta criminal de unos individuos se justificara o condenara, dependiendo del bando o de las ideas. Eso ha enrocado a muchos españoles, durante décadas, incluidos historiadores, en cada uno de los dos bandos, en el "tú más", más que en el "yo también" (p. 51).

    "A cualquiera que hubiera querido estar en el lado de las víctimas le habría bastado con haberse negado a estar en el lado de los victimarios de cualquiera de los dos bandos, por no hablar de aquellos que fueron a un tiempo víctimas y victimarios, cosa frecuente en una guerra civil, lo que nos llevaría a compadecerles como víctimas y a tener que exigirles responsabilidades como victimarios, y a no confundir la política con la Historia (p. 52).

    ¿Y tú te quedas con que en la guerra civil no hubo buenos ni malos? ¿No crees que la cosa es un poquillo menos simple?
    las ideas defendidas por ambos contendientes son equiparables,

    ¿Y esto lo sacas de aquí?

    Nos han contado que la guerra fue una fatalidad. Es la primera gran mentira que compartieron todos, los unos y los otros. Los que la deseaban estaban igual en ambos bandos, hasta el extremo que se diría que habría sido decepcionante para ellos que no hubiese estallado

    Que en ambos bandos había quienes deseaban una guerra civil es un hecho difícilmente contestable. Eso no significa que todas las ideas defendidas entonces fuesen equiparables (¿quién coño habla de ideas en ese párrafo?), sino que hijos de puta los había de todos los colores, que me parece que es algo distinto. Hijos de puta y víctimas. E incluso hijos de puta que luego fueron víctimas, ya ves. Que no te enteras.

    De la entrevista a Trapiello que pegué y que se supone que te has leído:
    P. ¿Cómo escribir la Historia entonces?

    R. Partiendo de un relato de mínimos que nos agrupe a todos.

    P. ¿Qué mínimos?

    R. Yo propondría tres. Uno: que el levantamiento del 18 de julio lo fue contra un Gobierno legalmente constituido. Es decir, fue un golpe de Estado. Esto que parece tan sencillo, el PP no quiere votarlo en el Parlamento, no quiere votar la condena de ese golpe. Dos: que los principios de la Ilustración estaban representados en la República y que el golpe de Franco lo es contra la Ilustración. Lo que complica la cosa es que quienes tenían que defender esos principios desde la República en muchos casos no solo no lo hicieron sino que a veces los combatieron —y no pienso solo en Paracuellos o en las checas, pienso en las matanzas de troskistas, etcétera—. Más complicado aún: en el lado de los sublevados, en el que teóricamente todos tenían que haber sido reaccionarios furibundos, había liberales e ilustrados. Eso también hace compleja la guerra.

    P. ¿Y el tercer mínimo?

    R. Que si a los españoles se les hubiera dado a elegir bando pocos habrían elegido el que le tocó sino otro: lo que hemos dado en llamar una tercera España, en la que había gente de izquierdas y de derechas. Ser ecuánime no es ser equidistante porque los dos bandos no eran iguales, pero hay que ser ecuánime juzgando a los dos. Hoy todo el mundo reivindica a Chaves Nogales y a Clara Campoamor, pero hemos tardado 70 años en recuperarlos.

    Repito, ¿de dónde cojones sacas eso de que las ideas defendidas por ambos contendientes son equiparables?
    Son conclusiones a las que ya han llegado otros autores con anterioridad, como Cesar Vidal, Pío Moa et al.

    Y esto ya es la repanocha. Trapiello es igualito a esos dos, vamos  :jpshakehead:
  • "Nuberu&quot escribió :
    El libro, teniendo en cuenta que esto lo has publicado ayer,

    Fíjate con qué atención has leído el hilo que ni siquiera te has dado cuenta de que lleva aquí desde diciembre.

    Anda que...
  • "Nuberu&quot escribió :
    Cuando, por ejemplo, se cita como algo negativo la presencia de más banderas de partidos políticos o sindicatos que de la república, como si fuera algo inherentemente negativo.

    No se cita como algo negativo, sino como argumento en contra del mito de que una vez empezada la guerra, los combatientes más fervorosos del bando republicano efectivamente luchaban por restablecer una república democrática. Resulta que no era así. Los militantes de cada organización política luchaban por sus ideas particulares, sin más, y prueba de ello es que efectivamente si observamos fotos de la guerra, las que más abundan entre los milicianos republicanos no son banderas republicanas, sino las de cada organización política junto a sus propios lemas o siglas. Estrellas, hoces y martillos, FAI, CNT, UHP, POUM, etc. Todo ello unido, más que por la República, por el antifascismo, como bien dices. Que no es lo mismo. Y por eso cada dos por tres los propios republicanos se enfrentaban entre sí.

    Seguramente se ven muchas más banderas republicanas hoy en ciertas manifestaciones que entonces en la zona republicana, fruto del éxito que tienen en nuestro país los mitos históricos y del afán que tenemos en politizar el pasado y hacerlo servir a nuestros intereses.
    Sobre el deseo de que hubiera guerra civil, e hilado a lo anterior, argumentos similares usan otros autores para establecer el principio de la guerra en 1934, cuando principalmente los mineros asturianos, según ellos, intentaron dar un golpe de estado contra la república e instaurar un estado socialista.

    Lo que quieras, pero afirmar que en 1936 sólo había partidarios de la violencia entre la derecha es no tener ni idea del asunto.
    Si es solo una cuestión de víctimas y victimarios, entonces no tiene ningún sentido hablar de bandos

    Tiene sentido hablar de todo ello, porque todo ello existió.
    ni de insinuar, como se hace claramente, que el bando republicano no cometió más crímenes porque no pudo. Es imposible saber qué hubiera pasado,

    Se puede intuir, y por eso en el libro aparece un "quizá". Lo cierto es que los republicanos también ejercieron la represión en todas las zonas que controlaron, y nada indica que si hubieran controlado alguna provincia más, o todo el resto del país ganando así la guerra, se habrían comportado como angelitos sin asesinar ni maltratar a nadie. Vamos, que estamos hablando de la Guerra Civil Española, joder. Una guerra en la que hubo una represión bestial en ambas zonas. ¿O te parecen pocos los 50.000 que se cargaron los republicanos?

    De todas formas, hablando de buenos y malos, insisto en que malos hubo muchos y en ambos bandos. Pero también hubo algunos buenos. Como éste, por ejemplo:

    5.%2BCasa%2Bnatal.JPG

    Éste sí que fue un bueno de verdad.
    "Nuberu&quot escribió :
    P.D.- Si te molesta que participe en tus hilos dímelo y de verdad que lo dejo, porque estos partidos de tenis absurdos con ataques personales aportan bien poco al foro.

    A mí qué coño me va a molestar  :D Además, no los considero de mi propiedad, no te preocupes. Para mí los hilos son del foro, los abra quien sea, así que me da igual dónde participes. Y con respecto a los ataques personales es muy gracioso lo que dices, porque empezaste tú, y de una forma muy burda además.
  • Para mí los asesinatos que se cometieron en la retaguardia de uno y otro bando (los del frente no los considero, estamos hablando de una guerra, se trata, precisamente, de asesinar personas) son cuantitativamente bastante equiparables, pero hay una diferencia cualitativa fundamental: los asesinatos republicanos se cometieron, en la mayoría de casos, de manera ajena a la voluntad del gobierno republicano, mientras que los asesinatos fascistas se promovieron y llevaron a cabo desde el gobierno golpista.
  • Para mí los asesinatos que se cometieron en la retaguardia de uno y otro bando (los del frente no los considero, estamos hablando de una guerra, se trata, precisamente, de asesinar personas) son cuantitativamente bastante equiparables, pero hay una diferencia cualitativa fundamental: los asesinatos republicanos se cometieron, en la mayoría de casos, de manera ajena a la voluntad del gobierno republicano, mientras que los asesinatos fascistas se promovieron y llevaron a cabo desde el gobierno golpista.

    Bueno, esta visión ya es un tópico, yo creo que la realidad es más compleja.

    En primer lugar, es obvio que muchos asesinatos en la zona republicana se cometieron de forma ajena a la voluntad del Gobierno, pero porque el Gobierno carecía en muchos casos de autoridad, sobre todo en los primeros meses de la guerra, que es cuando se llevó a cabo la mayor parte de los crímenes. Ahora bien, eso no significa que el Gobierno, o las autoridades republicanas en general, no tuvieran responsabilidad en los asesinatos, más que nada porque esos killers que mataron a tanta gente habían sido nombrados por ellos.

    Un ejemplo. Uno de los asesinos republicanos más famosos, Agapito García Atadell (que terminó siendo denunciado a los franquistas por los propios republicanos por ladrón), era un personaje muy respetado dentro del PSOE al inicio de la guerra, que lo aupó a formar parte de la Dirección General de Seguridad y a dirigir una brigada de investigación criminal. Y encima formaba parte del ala prietista del partido, es decir, la moderada. Aunque se sabía que sus labores formaban parte de la represión en retaguardia, fue elogiado varias veces por El Socialista, el periódico del partido, dirigido por Julián Zugazagoitia.
    Hay que situarse en aquel contexto, el de una guerra civil. Todo el que hiciera algo en contra del fascismo era bien visto entre los republicanos, y evidentemente limpiar la retaguardia de fascistas no sólo no era reprochable (sobre todo al principio de la guerra) sino todo lo contrario. De hecho, las acciones humanitarias eran sospechosas.

    Y como la realidad nunca es blanca ni negra sino gris, resulta que el propio García Atadell también llevó a cabo acciones humanitarias, también salvó a gente en retaguardia, motivo por el que sufrió ataques por parte de los comunistas.

    En fin, que la Guerra Civil no fue una historia de buenos y malos, sino algo más complejo.
  • Bueno, esta visión ya es un tópico, yo creo que la realidad es más compleja.

    Creo que no contradices lo que digo yo, sea por los motivos que sea, tenemos dos casos distinto: un regimen que asesinaba y particulares que asesinaban en nombre de un regimen o de sus ideas o de lo que fuera, pero la República no fue un regimen asesino, como si lo fue el franquismo.

    Si a eso le sumas que el bando republicano defendía la legalidad democrática y el franquista eran unos golpistas que defendían construir un regimen semifascista, creo que si podemos hablar de buenos y malos sin despeinarnos, no serían buenos y malos al 100 %, con todos los grises que quieras, pero podemos hablar de buenos y malos.
  • A mí es que me cuesta calificar de "bueno" a un bando que se cargó a 50.000 personas en retaguardia con el permiso de las autoridades.

    Los asesinos del bando republicano no fueron unos tipos que pasaban por allí y que no tenían nada que ver con nadie, fueron tipos que gozaban de prestigio en sus respectivos partidos u organizaciones (del Frente Popular, es decir, del Gobierno) y que ocupaban un puesto de responsablidad precisamente por eso. Y fueron tipos que, salvo excepciones como la de García Atadell, no sólo no resultaron condenados ni castigados por los republicanos sino todo lo contrario. Otro ejemplo, Ángel Pedrero, el lugarteniente de García Atadell en su brigada. Como tal, participó en los crímenes de ésta en 1936 (cientos de detenciones arbitrarias en Madrid, no pocas de las cuales terminaron en asesinatos), crímenes de los que estaba muy al tanto Manuel Muñoz, director general de Seguridad, por cierto. Pues bien, Pedrero terminó siendo nombrado jefe del SIM (la policía secreta militar) en Madrid, en 1937, por Indalecio Prieto, ministro de Defensa Nacional. En ese puesto gozaba de la confianza de Prieto y de Negrín (curiosamente al final de la guerra traicionó a éste participando en el golpe de Casado, sólo para acabar agarrotado por los franquistas) y hacía lo que le daba la gana. La ascendente carrera de Pedrero durante la guerra evidencia la continuidad en la zona republicana entre el terror extrajudicial de 1936 y la represión estatal instaurada después: los criminales fueron incorporados a las nuevas estructuras de seguridad interna.

    Es posible que el Gobierno republicano no ordenara matanzas, pero sí las toleraba. El 12 de agosto de 1936, en Vallecas, hubo una matanza de casi 200 presos procedentes de Jaén en un tren porque Sebastián Pozas, ministro de Gobernación, ordenó a los guardias que los custodiaban que se retiraran dejándolos en manos de una muchedumbre armada. Días más tarde, el ministro de la Guerra, Juan Hernández Saravia, ordenó al director del hospital militar de Carabanchel, Federico González Deleito, que entregara al general López Ochoa "al pueblo". López Ochoa era republicano, pero se le responsabilizaba de la represión durante la revolución de Asturias de 1934 (a pesar de que en realidad había intentado que fuera lo menos sangrienta posible). Cuando estalló la guerra estaba hospitalizado, y aunque González Deleito trató de protegerlo fue en vano: los dos fueron asesinados, y encima el cadáver de López Ochoa fue decapitado y su cabeza paseada por las calles. La matanza de Paracuellos fue la continuación de las sacas de las cárceles madrileñas ocurridas antes pero a mayor escala. Esas sacas eran conocidas tanto por Manuel Muñoz, director general de Seguridad, como por Ángel Galarza, ministro de Gobernación. Ambos abandonaron Madrid justo antes de lo de Paracuellos, pero se fueron dejando que las sacas continuaran sin obstáculos. De hecho, tanto el ministro de Justicia, el anarquista Juan García Oliver, como Galarza, estuvieron al tanto de la matanza de noviembre de 1936. Galarza incluso mintió sobre ella cuando su colega Irujo, del PNV, le preguntó al respecto.

    Dices que la República no fue un regimen asesino, como si lo fue el franquismo. Claro, la República no tuvo nada que ver con el franquismo, en eso estamos de acuerdo. La República fue un régimen democrático, con muy buenas intenciones pero fracasado. El franquismo fue una dictadura de mierda. Pero ahora hablamos de la guerra. El Frente Popular no fue "la República", sino sólo uno de sus gobiernos. Y cuando estalló la guerra ya no hubo democracia, sino un enfrentamiento en el que cada bando trataba de aniquilar al otro. Es absurdo pensar que de haber ganado los republicanos no habría habido más represión y que se habría reinstaurado la democracia como si nada.

    No obstante, que no se me entienda mal. No creo que ambos bandos fueran iguales. Antes de la guerra las cosas no eran perfectas, ni mucho menos, y el Frente Popular creo que cometió muy graves errores, pero los que se sublevaron contra la legalidad en julio de 1936 no fueron más que una pandilla de asesinos despreciables. Ahora, yo sigo viendo la realidad de un color muy gris. Y si es gris no es ni blanca ni negra. Tú verás "buenos", yo sé que si estallara otra guerra civil iba a salir por patas de este puto país en cuanto pudiera, igual que habría hecho en 1936.
  • editado mayo 2013
    Ok, entendido. Teniendo en cuenta los bombardeos de Dresde o Hiroshima, en la WWII no hubo buenos ni malos, el fallo era no poder salir por patas del planeta.
  • Creo que Trapiello cuando dice lo de que no hubo buenos y malos se refiere a los españoles de a pie. Es un error considerar malo a quien le tocó luchar en un bando y bueno a quien le tocó luchar en el otro. Es un error considerar que las víctimas del bando franquista tuvieron su reconocimiento durante el franquismo, puesto que las víctimas del bando franquista en la guerra también fueron víctimas de los golpistas. En ocasiones confundimos a los responsables de la guerra con los españoles que reclutaron y que tuvieron que coger un arma e ir al frente.
  • editado mayo 2013
    Ok, entendido. Teniendo en cuenta los bombardeos de Dresde o Hiroshima, en la WWII no hubo buenos ni malos, el fallo era no poder salir por patas del planeta.

    De eso ya hablamos aquí y aquí  :chis:

    Y lo de salir por patas, pues en la Segunda Guerra Mundial hubo millones de refugiados, claro. De hecho refugiados suele haber muchos en todas las guerras. Y si no se van del planeta será porque no pueden, que si no...

    Pero bueno, podemos seguir repasando todas las guerras y conflictos del último siglo si quieres, que a mí me será igual de difícil establecer esa línea divisoria entre "buenos" y "malos" en todos los casos. Habrá bandos más o menos hijoputas, pero lo de "buenos" y "malos" es una calificación moral (o ética, si lo prefiere Khayman  :chis: ) que no me parece apropiada para una guerra.

    Siguiendo en la línea de Hail, voy a contar otra historia de la que ya he hablado un poco, en realidad. Agapito García Atadell fue un asesino y un ladrón, pero también salvó vidas. Como era jefe de una brigada de investigación criminal de la DGS y un destacado socialista que disfrutaba de la confianza de la ejecutiva del partido, podía abrirse paso en los tribunales revolucionarios y conseguir la liberación de presos. Era de Vivero, un pueblo de Lugo, así que favoreció a los presos gallegos y, sobre todo, a los que procedían de su pueblo. Emilia Donapetri López era de una familia de derechas de Vivero y su marido había sido asesinado durante la revolución de Asturias de 1934. Cuando estalló la guerra, los familiares de Donapetri se escondieron. Los milicianos de la UGT se llevaron a la mujer y la sometieron a una ejecución simulada para que les dijera dónde estaba su familia. Donapetri acudió a su paisano, Atadell, que le extendió un aval, le dio un número de teléfono y le dijo que si los milicianos volvían a molestarla le llamase inmediatamente "porque quien mandaba en Madrid era él". Evidentemente los milicianos volvieron a detener a la mujer, pero se llamó a Atadell, que respondió por ella y la dejaron en libertad.
    El 22 de septiembre de 1936 los milicianos de la brigada comunista ¡No Pasarán! detuvieron a Lourdes Bueno, una chica de 17 años hija de un comandante de infantería retirado. Se había interceptado una carta que le había enviado desde Berlín el hijo de Aurelio Núñez Morgado, embajador de Chile en Madrid, y Lourdes fue acusada de espionaje. Su padre acudió a Atadell y éste rastreó Madrid hasta que localizó a Lourdes el 28 de septiembre, justo el día en que iban a fusilarla. La chica fue puesta en libertad.
    Estos episodios dan una idea del poder que tenía Atadell en Madrid. A pesar de ello, el 30 de septiembre, Mundo Obrero elogió a la brigada ¡No Pasarán y a la vez reprochó a Atadell lo que había hecho achacándolo a un "estéril afán de popularidad". Inmediatamente, desde El Socialista se defendió al camarada García Atadell.

    Entonces yo me pregunto en esa historia quiénes eran los "buenos" y quiénes los "malos".

    Luego pasa también lo que dice Diomedes: muchos estuvieron en un lado u otro del frente porque es el que les tocó.

    Se podría decir que, en teoría, los republicanos defendían la democracia y la libertad y por eso eran los "buenos". Pues en teoría sí, pero la práctica ya era otra cosa. Evidentemente la represión salvaje que se produjo en Madrid durante 1936 no ayudó nada a ofrecer al mundo esa imagen de los republicanos como garantes de la democracia y la libertad, es decir, como "buenos". Lo de matar curas tampoco les hacía parecer precisamente "buenos" (y mira que me caen mal los curas). Muy "buenos" no les debieron de ver las democracias cuando se negaron a prestarles ayuda. Esas mismas democracias que poco después fueron precisamente los "buenos" durante la Segunda Guerra Mundial. Una guerra en la que se derrotó al fascismo gracias sobre todo a la URSS de Stalin. Stalin, que fue el único que proporcionó ayuda eficaz a los republicanos, los "buenos" de nuestra guerra. Y eso que calificar de "bueno" a Stalin me parece que se saldría ya demasiado de madre  :)


    PD: Los 1.000 republicanos que se cargaron los propios republicanos en retaguardia qué eran, ¿buenos o malos? ¿Y sus verdugos?
  • Por cierto, la noticia de la liberación de Lourdes Bueno por García Atadell en el ABC de Madrid del 30 de septiembre de 1936:

    http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1936/09/30/010.html
  • editado mayo 2013
    Aclaro que yo sí haría una distinción entre bando bueno / bando malo. Lo que sucede es que después, las personas que luchaban por uno u otro bando, podían ser más o menos humanistas o sensibles hacia el sufrimiento 'del otro'. Por ejemplo, alguien que luchaba en el bando de la derecha porque no creía en la democracia o porque era católico, ¿podemos decir que era malo? Y alguien que luchaba por convicción del lado republicano, ¿pasa directamente a ser considerado como 'bueno'? Pues ya no digamos de los que luchaban porque les dieron un arma, y los pusieron en las trincheras de una patada en el culo.

    Todos los muertos fueron víctimas de un golpe a la paz y a la democracia que acabó en guerra. Los responsables del golpe y la guerra los tenemos todos identificados. A los que no podemos identificar es a los resposables de todas las barbaridades que se hicieron durante y tras la guerra. Demasiados nombres de distintos colores.
  • Yo opino de manera parecida a Diómedes: hijoputas hay en todos los lados y en todos los bandos (y en una guerra salen hasta de debajo de las piedras) pero creo que hay una diferencia cualitativa fundamental entre un regimen que no es responsable de los crímenes que se cometen en su territorio (aunque sus dirigentes miren para otro lado, en todo caso será menos responsable) y otro regimen en que esos crímenes se cometen de forma institucionalizada.

    Por poner otro ejemplo: ¿deberíamos considerar de igual forma lo que vino a ser el GAL que si el gobierno hubiese dado orden a la policía de ejecutar a los etarras sin juicio ni defensa alguna allá donde se les encontrase? Yo creo que no, porque entonces no habría diferencia alguna entre nuestro regimen y el de, por ejemplo, la Argentina de Videla. Y desde esa desigualdad, me creo en la posibilidad, si hablásemos de una guerra entre los dos regímenes de mi ejemplo, de considerar a uno bueno (con todas las salvedades que queráis) y otro malo (sin salvedad posible alguna).

    Que a tí no te parezca así, Afri, es muy respetable, pero no más que la opinión que yo tengo, me parece.
  • Que conste que yo no responsabilizo de los crímenes cometidos en zona republicana al régimen republicano, sino en todo caso al Gobierno del Frente Popular. Y para mí ese gobierno algo de responsabilidad tendría cuando, por el motivo que fuese, permitía que se cometieran esos crímenes y promocionaba y protegía a los asesinos. Las matanzas de Paracuellos no habrían ocurrido si las instrucciones que dio el anarquista Melchor Rodríguez -que fue el que paró la masacre- a primeros de diciembre las hubieran dado Largo Caballero, Galarza o Carrillo el 7 de noviembre, o sea, casi un mes antes.

    No hay que olvidar que había una guerra civil, una guerra que desde luego no empezó el Gobierno, pero que hizo que su bando se radicalizase y dejase de comportarse en muchos casos como el representante de la democracia y la libertad. En ese contexto la línea divisoria entre "buenos" y "malos" se me antoja harto difícil de trazar. Ejemplos como los que he puesto en los mensajes anteriores se repitieron hasta la saciedad, y creo que son representativos de cuál era la situación.

    Si me dices que el bando franquista fue peor, en todos los sentidos, estaremos de acuerdo. Pero la terminología de "buenos" y "malos" no me sirve, me parece que sólo vale para simplicar y falsear la realidad, porque tiene más que ver con las simpatías de cada uno que con los hechos y la verdad.
    Que a tí no te parezca así, Afri, es muy respetable, pero no más que la opinión que yo tengo, me parece.

    Ah, yo es que pienso que siempre tengo razón  :chis:
  • Ah, yo es que pienso que siempre tengo razón  :chis:

    Pues mejor me lo pones, que tú tengas siempre razón es una simple opinión tuya, mientras que que yo tenga siempre razón es una ley universal e inmutable  :chis: :chis:
  • Adquirido:

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    Tiene muy buena pinta, a ver qué tal. :)
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